Mi nombre es Carlota Amalia Victoria Clementina Leopoldina, hija del rey Leopoldo I de Bélgica y de María Luisa de Orleans. Nací en Bruselas el 7 de junio de 1840, y crecí rodeada del cariño y los mimos de mi madre hasta que tuve 8 años, cuando ella murió. Fui educada con todo el esmero y rigor obligados siempre en una princesa, pero con más indiferencia que interés por parte de mi padre, ocupado ya, desde antes de mi nacimiento, en reinar y hacer prosperar este recién instaurado reino de Bélgica, y en arreglar las bodas entre los príncipes y princesas de las Casas Nobles de Europa, incluyendo la de mi prima la Reina Victoria de Inglaterra con Alberto, primo de ambas.

Desde principios de siglo, estos han sido tiempos de intensa turbulencia política en todas partes del mundo; se han desmoronado reinos e imperios y han surgido en los mapas nuevos nombres de naciones hacia los cuales Europa vuelve los ojos con ese espíritu temerario de aventura, de descubrir los misterios que todavía guardan esas antiguas culturas con nombres impronunciables.

Tenía 16 años cuando conocí a Max, el Archiduque Fernando Maximiliano de Habsburgo. El tenía 24 años y había recorrido ya muchos países de Europa. Me enamoré de Maximiliano con el deslumbrante e ilusionado amor de adolescente, sin convencionalismos ni reglas. El era hermoso como un brote nuevo del árbol del durazno. El cabello rubio, los ojos azules, muy alto, muy esbelto. Era el verdadero Príncipe Azul ideal que cualquier mujer joven, princesa o del pueblo, hubiera soñado.Nos casamos el 27 de julio de 1857. Max había mandado construir para nosotros el castillo de Miramar en Trieste. Fue un tiempo maravilloso el que pasamos juntos, yo amándolo con toda intensidad, él queriéndome con menos amor, pero llenando mi vida con su deslumbrante omnipresencia

No sé cómo se fue fraguando nuestro destino en un país lejanísimo, por gentes de las que no podíamos ni pronunciar los nombres. En 1861 llegaron hasta Miramar embajadores de México, ofreciéndole a Maximiliano la Corona Imperial de aquel país. El puso como condición para aceptarla el que todos los mexicanos estuvieran de acuerdo en tener un gobierno imperialista. Los embajadores le aseguraron que México estaba ansioso de recibirlo.

Yo fui la que empujó a Maximiliano a esta decisión, sellando con ella mi compromiso con la tragedia que rondaba a la Casa de Austria. Me sedujo la idea de reinar sobre aquel país desconocido de América, y lo convencí de aceptar ser Alteza Imperial de la antigua Nueva España. Napoleón III ofreció apoyar al Imperio con sus tropas, que ya estaban luchando en México para asegurar el pago de una deuda.

El 12 de junio de 1863 entramos a la capital de México. Espléndida. Bellísima ciudad con un cielo de un color azul indescriptible, de amplias avenidas, llena de grandes palacios e inesperadas hermosas edificaciones de casas e iglesias. En el Castillo de Chapultepec encontramos el magnífico ambiente de nuestro acostumbrado entorno europeo, rodeado de un clima cálido, perfumado por los miles de ejemplares de plantas y flores, que Max era tan aficionado a estudiar y clasificar. Por las tardes el bosque alrededor del Castillo se llenaba de cantos de zenzontles, o la ensoñación del zurear de las palomas torcaces y el arrullo de las tórtolas.

Los recuerdos de esos dos años de Imperio llegan en ráfagas, y pasan veloces o se convierten en sombras amontonadas en cada recoveco de mi habitación. Max se dedicó con toda su voluntad a hacerse cargo de esa tierra que no lo quería. Sus disposiciones imperiales insultaban a los enemigos o desilusionaban a sus seguidores. Ejercía su mando con un espíritu liberal poco apreciado por unos y otros. Pronto, muy pronto, empezó a derrumbarse aquel Imperio cimentado en las ambiciones de Napoleón III y en los intereses de algunos notables mexicanos. Max y yo fuimos ciegos, viviendo en un capelo de cristal formado de halagos y falsas alianzas, pensando que el esplendor de una corte era lo que necesitaban los mexicanos empobrecidos por tantos años de guerras internas y externas.

Decidí ir a Europa a pedirle a Napoleón III que permitiera la abdicación de Max. Napoleón III tenía sus propios conflictos políticos, y se negó a permitir que Maximiliano abandonara México, agudizando el problema con el retiro de sus tropas en enero de 1867, dejando sólo al Emperador de México para defender el trono.

Me he fabricado esta realidad en la que ahora vivo en un presente constante, a la que todos a mi alrededor llaman Locura. Esta realidad es más consistente y perpetua que ese teatro de guiñol al que fuimos lanzados Maximiliano y yo. Yo salí de México como su Emperatriz, y sigo siendo la soberana de esa tierra. No soy un apunte marginal en la historia. Algunas ocasiones alguien viene y empaña esta realidad mía con noticias funestas como la muerte de mi amado a manos de un pelotón de fusilamiento en tierras extrañas. Pero yo sé que eso es mentira, que él volverá. Dejé de verlo cuando él tenía 34 años y yo 26.

Un día entrará de nuevo en Miramar, con el sol en sus ojos y el cielo en sus labios, y juntos reconstruiremos el esplendor de nuestra corte Imperial que lo espera.

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